Tengo un cosquilleo en las entrañas y una vocecita que, desde hace unas semanas, se me ha instalado dentro y no se suelta. No es una voz molesta: la mayor parte del tiempo dormita, no noto su presencia y me dedico a las tareas cotidianas, con la energía de quien sabe que apenas queda tiempo y hay mucho que hacer. Lleno cajas, escribo, dibujo esquemas mentales. Pero a veces la vocecita ataca y entonces, por unos segundos, se desvanece todo. Ya no sé qué he metido en cada caja, no encuentro la palabra precisa, la casa casi vacía parece un castillo interminable. Dentro de tres días lo dejaremos todo y nos subiremos en un avión a Nueva York sin billete de vuelta.

Nueva York sin billete de vuelta

Ha pasado tanto desde que llenamos la pizarra de razones convincentes, tantos trámites y esperas, que los últimos días están siendo casi irreales. Hemos hablado tanto de ello que parece que ya hubiera sucedido, que ya hubiéramos vivido otra vida y ahora tocara mirar en otra dirección. Hace unos días nadábamos en el Mediterráneo al amanecer, sin un alma alrededor, y dentro de unos días formaremos parte de un cóctel de almas abrumador. Hace unos días teníamos una habitación, nuestro olor en unas sábanas, las llaves de la puerta de un hogar, y hoy tenemos solo unas cajas donde se condensan nuestras historias. Viajar sin billete de vuelta

Pienso pensamientos grandes. ¿Nos acostumbraremos a un nuevo país ahora que andamos por las arterias de Barcelona como si fueran nuestras? ¿Es un error dejar atrás el trabajo, lo conocido, por un futuro imprevisible? Y también pensamientos pequeños. ¿Tendremos frío, encontraré la cafetería donde preparen el café americano como me gusta?

Pero a pesar de las dudas, a pesar de la tristeza feliz de decir adiós a un barri de Gràcia que superó todas mis expectativas como en su momento la mágica Edimburgo, sé que es el momento de ponerlo todo patas arriba de nuevo. Sé que la soledad y la añoranza no serán extrañas. Pero… Nos mudamos a Nueva York para mejorar, para no quedarnos nunca quietos, para levantarnos todos los días en un lugar extraño… hasta que deje de serlo. Para no conformarnos, para seguir siendo felices. Para no dejar de aprender y de devorar retos juntos. Para no perder la inocencia. Para que el tiempo merezca la pena y cuándo, cuánto, dónde y cómo no tengan una respuesta sencilla. Me mudo a Nueva York porque hace muchos años tenía una hucha donde guardaba dinero para ir a un concierto de Bruce Springsteen en Estados Unidos y todavía se me ilumina la mirada… Porque no siempre tendremos 25 años y la vida tan nueva, tan mutable.

Nueva York sin billete de vuelta 2

Porque a veces los sueños no tienen una forma concreta, pero cuando llegan, la certeza de que tienes que agarrarlos puede con todo. Para perderme entre la corriente y encontrar rincones tranquilos en una ciudad que, aunque debería parecerme amenazante, creo que nos depara muchas sorpresas… Porque no imagino vida más plena que viajar a un nuevo hogar, descubrirlo poco a poco… y escribirlo. Espero que me acompañéis también en esta nueva aventura y que me perdonéis la ausencia mientras aprendemos a navegar entre la locura. Y que, si también os estáis planteando poner vuestra vida patas arribas, encontréis todos los porqués necesarios. Lo demás llegará solo. ¡Nos leemos pronto!